El nuevo despertar (Parte 1)

I.

Era una noche de luces, de esas en que la negritud de las calles reflejaba el brillo de los edificios. Juan y sus amigos andaban en busca de qué hacer, mientras conducían por los bares de la ciudad en medio de la algarabía de las personas sentadas en la vereda y de las chicas bonitas que entraban en las discos.

-¿Y, dónde vamos?- Preguntó Joaquín mientras golpeaba el respaldar desde el asiento trasero.

-No sé. Siempre nos ponemos de acuerdo para salir y nunca decidimos dónde.- Respondió Lucas. -¿Tenemos dinero, para empezar?-

Juan sonreía mientras conducía. Siempre era la misma rutina noche tras noche, pero eran felices así. Gotitas de garúa empezaron a asomar sobre el parabrisas.

-No sé, típico y terminamos donde siempre, en el…- No terminó de articular la oración cuando se escuchó una explosión que venía desde algunas calles más abajo. Frenó a raya y salieron del automóvil, tratando de divisar a lo lejos el producto de aquel ruido.

-¿Explotó un transformador?- Preguntó Lucas mientras salía, al son del murmullo de las personas ante tal inesperado suceso.

-No lo creo, los transformadores no suenan tan fuerte. Tal vez fue un trueno, está empezando a llover.- Replicó Juan. Los fiesteros empezaron a salir de los locales, prestos a irse lo más rápido posible de aquel lugar, cosa que desconcertó a quienes estaban afuera.

-Oh, genial. Un incendio.- Alcanzó a decir mientras el parabrisas empezaba a reflejar las llamas provenientes a unas cuadras de distancia. -Un incendio en medio de la lluvia. Dime si eso no es tener una maldita suerte.-

Otra explosión. La onda de choque cuarteó las ventanas de los edificios. Empezó a llover cristales.

-¡Mierda. Métete al carro!- Gritó Joaquín. El pánico se apoderó de las personas que estaban en la calle. -Ésto es horrible.-

-¡Eso no fue un trueno, debe ser un ataque terrorista!- Alcanzó a decir Lucas mientras Juan trataba de agudizar la vista ante el humo y el fuego que provenían de la distancia. -Mira, alguien está saliendo de ahí.-

Detrás del tumulto de gente corriendo aparecieron dos brazos mecánicos. A medida que avanzaban, dejaban al descubierto un cuerpo de metal negro, que brillaba por las llamas mientras disparaba hacia todo lo que se le cruzara a su paso. Detrás de ésta, aparecieron dos máquinas más, con tentáculos que arrastraban automóviles, árboles y personas.

Juan estaba estupefacto. No terminaba de comprender lo que sucedía hasta que Lucas le gritó al oído: -¡Vámonos de aquí!-

Sin pensarlo dos veces, aceleró a fondo y giró el volante en sentido contrario, haciendo que las llantas relinchen y dejen su huella en el pavimento mientras el motor rugía por la exigencia. No sabía que su carro podía hacer eso.

-¡¿Qué mierda fue eso?!- Preguntó Lucas mientras lloraba nerviosamente, agarrando la camiseta de Juan mientras aceleraba a fondo, ignorando las señales de tránsito.

-¡Son los malditos chinos! ¡Te dije que iban a dominar el mundo!- Exclamó Joaquín, mientras miraba desde la parte trasera la devastación que iba extendiéndose detrás de ellos.

-¡Cállense, todo el mundo! Ahorita hay que ejercer prioridades.- Trataba de racionalizar Juan. -Tenemos que ir por nuestras famil…-

El automóvil fue embestido por un pulpo mecanizado de unos seis metros mientras cruzaban una intersección a toda velocidad. Juan salió disparado por la ventana y cayó sobre unos matorrales. En medio de la agonía de sangre y cristales, vio con sus últimas fuerzas cómo aquel monstruo de múltiples brazos alzó su automóvil y lo partió a la mitad (con sus amigos dentro). Después lo lanzó y en vueltas de campana se estrelló contra un muro.  Eso sería lo último que vería en su vida.

Entrevista a Claudia Gray (consejos para escritores jóvenes).

Entrevista que le hice a Amy Vincent, mejor conocida como Claudia Gray, autora de la saga Medianoche (Evernight series) en su paso por Guayaquil.

Fue chistoso el hecho que la librería estaba copada de tanta gente, y el enviado del mayor diario nacional se desesperó y se fue sin entrevista. Cuando ya estaban recogiendo todo, me acerqué y le pregunté si podía contestar un par de preguntas para mis estudiantes (algunas de ellas se econtraban ahí haciendo firmar sus libros), lo cual aceptó gustosamente.

Está demás decir que Claudia es un amor de persona.

 

El poema de las cosas.

Quizás estando sola, de noche, en tu aposento
oirás que alguien te llama sin que tu sepas quién
y aprenderás entonces, que hay cosas como el viento
que existen ciertamente, pero que no se ven…

Y también es posible que una tarde de hastío
como florece un surco, te renazca un afán
y aprenderás entonces que hay cosas como el río
que se estan yendo siempre, pero que no se van…

O al cruzar una calle, tu corazón risueño
recordará una pena que no tuviste ayer
y aprenderás entonces que hay cosas como el sueño,
cosas que nunca han sido, pero que pueden ser…

Por más que tu prefieras ignorar estas cosas
sabrás por qué suspiras oyendo una canción
y aprenderás entonces que hay cosas como rosas,
cosas que son hermosas, sin saber que lo son…

Y una tarde cualquiera, sentirás que te has ido
y un soplo de ceniza regará tu jardín
y aprenderás entonces, que el tiempo y el olvido
son las únicas cosas que nunca tienen fin.

José Ángel Buesa (cubano)

Salto a las estrellas.

 

Estaba en una gran universidad griega antigua, en medio de la nada. El cielo era violeta y llovía levemente. Había grandes y gruesos pilares blancos que se perdían entre las oscuras nubes y escaleras en V invertida, dando a muchas plataformas y muchas habitaciones. Había toda una población estudiantil. Tenía compañeros ahí, pero no los sentía conocidos. Todos eran extraños.

 

De repente me dio por saltar por éstas escaleras, y me di cuenta de que podía flotar en el aire, y con mucha dificultad podía deslizarme a través de él a una altura prudente de unos dos metros. “¡Estoy volando! ésto sólo ha pasado en mis sueños”, pensé. “¡Ahora es real, puedo volar!”

 

Decidí entonces dar un paseo. Con mucho esfuerzo fui deambulando por las habitaciones y los jardines romanos en caricaturezca mímica de nadar en el aire, hasta que paré a tomar un descanso. Pensé que este asunto de flotar en el aire era muy divertido, tanto así, que hizo desaparecer por momentos la depresión por la que estaba pasando.

-Tú puedes hacer mucho más que eso- Escuché detrás de mí.

Era una mujer joven, no le calculaba más de unos 28 o 29 años. Se dirigió hacia mí.

-Sólo las almas que están en sus últimos etapas pueden volar en el plano físico.

-¿Qué quiere decir eso?- pregunté. No sabía quién era ni porqué apareció.

-Quiere decir que estás listo para dejar ésta humanidad, para dar el salto a las estrellas.

-Sigo sin entender. ¿Quién eres tú?

-Por el momento se te hace difícil emprender el vuelo porque estás muy atento a tu cuerpo físico, por eso no puedes elevarte hacia lo ulterior- Me explicaba. -Si de verdad ansías irte, debes subir hasta las estrellas y tu alma se encontrará con el todo.

 

Estaba muy confundido, la sola hipótesis de al fin abandonar éste mundo al que tan ajeno me sentía me daba miedo.

 

-¿Qué sucederá cuando me vaya?- Pregunté. Nunca como en ese momento me parecían tan bonitos los jardines, el cielo nublado, el pasto verde, las columnas perdiéndose en el cielo…

-Sucederá que regresarás a donde perteneces. Y estarás en casa- Me dijo.

 

Tenía en mente tantas preguntas que hacerle, pero para cuando estaba listo para articularlas ya había desaparecido.

 

Entonces sentí un estremecimiento debajo de mis pies, como si mi cuerpo entero estuviese listo y ansioso de partir. ¡Sin pensarlo más dí el salto de mi vida, subiendo de golpe cinco, diez, quince metros, y seguía subiendo! Sentía la violencia del viento en mi rostro, las gotas de llúvia clavándose en mi piel que tanto anhelaba subir, y subir, seguir subiendo lo más alto que pudiese. En la levantada llegué al límite de las nubes, dejando atrás la tormenta y cegando mis ojos ante aquel sol radiante, el aire cada vez más delgado.

 

Mientras seguía ascendiendo violentamente, empecé a sentir un regocijo como ningún otro en mi vida, mi cuerpo empezaba a cosquillear de tal manera que no pude ocultar una sonrisa radiante, de euforia, emoción, ya pronto todo iba a terminar. Empezaba a divisar los puntitos de las estrellas en el azul del cielo, seguía subiendo y volando en vertical. De repente empecé a sentir la fricción de la velocidad, y empecé a notar cómo mi piel iba consumiéndose de a poco en fuego. Pero no ardía, no quemaba, yo seguía subiendo mientras extendía los brazos como quien va a abrazar a alguien, mientras cerraba mis ojos y esbozaba una sonrisa de nostalgia. En cualquier momento terminaría.

 

Mi cuerpo se embulló totalmente en llamas, y sentí un resplandor violeta que iba separándose de a poco de mi piel, de mis brazos mientras llegaba al límite de la estratósfera. En un repentino sacudón me vi totalmente separado de mi cuerpo, como desde los ojos de una tercera persona, pude observar cómo una aurora humanoide se separó completamente de aquel cuerpo que ya no era mío, y que regresaba cayendo a la tierra, con el sonido típico de un trapo lanzado al aire. “Allá va mi cuerpo” pensé, las estrellas, las estrellas… ¡LAS ESTRELLAS!

 

(El emisor ha dejado de existir.)

 

El cielo desde la ciudad.

Bajos, muchos bajos,

Música loca, locos con música,

culturas distantes que hacen eco,

osamentas que vibran

y violines que salpican colores.

La ciudad cosmopolita se llena de luces

y las pistas se encienden, y los cuerpos bailan,

y los espíritus de la euforia deambulan con cada onda

mientras se planea el retorno hacia un nuevo despertar,

para al fin dar la cara al lado oculto del universo

y dar el salto hacia las estrellas.Image